EL NIÑO Y EL CAMBIO CLIMÁTICO



Por ELVIA ANDRADE BARAJAS

CIUDAD DE MEXICO, 11 de octubre de 2026.- Los aluviones que han arrasado comunidades en Chile, los huracanes que han provocado inundaciones en México y Estados Unidos, la disminución de la pesca en las costas del Océano Pacífico y otros fenómenos extremos registrados en los últimos meses parecen formar parte de una misma historia: la de un planeta cada vez más vulnerable frente a los cambios del clima.

 

Aunque no todos estos acontecimientos tienen el mismo origen, sí comparten un escenario común. El calentamiento global está modificando las condiciones ambientales en las que se desarrollan fenómenos naturales como El Niño, multiplicando sus impactos sobre las sociedades humanas, las economías y los ecosistemas.

 

La pregunta es inevitable: ¿hasta qué punto los desastres que hoy afectan a millones de personas son producto de la naturaleza y cuánto tienen que ver con las decisiones tomadas por gobiernos, empresas y sociedades durante décadas?

 

UN PACÍFICO CADA VEZ MÁS CALIENTE


El fenómeno de El Niño ocurre cuando las aguas superficiales del océano Pacífico ecuatorial alcanzan temperaturas superiores a las habituales.

 

Este calentamiento altera la circulación atmosférica global y modifica los patrones de lluvia, temperatura y viento en amplias regiones del planeta.

 

Se trata de un fenómeno natural que ha existido durante siglos.

 

Sin embargo, actualmente se desarrolla en un contexto muy diferente al de épocas anteriores: un planeta cuya temperatura promedio ha aumentado como consecuencia de las emisiones de gases de efecto invernadero producidas por la actividad humana.

 

Los científicos coinciden en que el cambio climático no genera El Niño, pero sí puede intensificar sus efectos, haciendo más severas las inundaciones, las sequías, las tormentas y otras alteraciones climáticas.

 

ALUVIONES EN CHILE

Los recientes aluviones registrados en Chile evidencian cómo eventos meteorológicos extremos pueden transformarse rápidamente en tragedias humanas.

 

Las intensas lluvias provocaron inundaciones, desbordamientos de ríos y enormes corrientes de lodo que arrastraron vehículos, afectaron viviendas y dañaron infraestructura pública.

 

Pero la magnitud de los daños no puede explicarse únicamente por las precipitaciones.

 

Especialistas en gestión de riesgos señalan que la deforestación, la ocupación de cauces naturales, el crecimiento urbano desordenado y la falta de planeación territorial aumentan significativamente la vulnerabilidad de las comunidades.

 

Cuando desaparecen bosques, humedales y zonas naturales de absorción, el agua pierde espacios para infiltrarse y termina convirtiéndose en una fuerza destructiva.

 

 

DEVASTADORES HURACANES

 

En México y Estados Unidos, la temporada de huracanes ha mostrado el enorme poder destructivo que adquieren los ciclones cuando encuentran aguas oceánicas más cálidas.

 

El incremento de la temperatura del mar favorece una mayor evaporación y aumenta la cantidad de humedad disponible en la atmósfera, condiciones que alimentan tormentas más intensas y precipitaciones más abundantes.

 

Los daños observados en regiones costeras, desde inundaciones urbanas hasta pérdidas millonarias en infraestructura, reflejan una tendencia que preocupa a la comunidad científica internacional.

 

Las tormentas siempre han existido. Lo que está cambiando es la energía disponible para alimentarlas.

 

CRISIS BAJO EL MAR

Lejos de las imágenes espectaculares de huracanes e inundaciones, otra emergencia avanza silenciosamente en las costas latinoamericanas.


Comunidades pesqueras de Perú, Ecuador y Chile han reportado una disminución significativa en sus capturas debido al calentamiento de las aguas superficiales del Pacífico asociado a El Niño.

 

Para los pescadores artesanales, la evidencia del cambio climático no aparece en gráficos ni informes científicos. Se observa diariamente en redes cada vez más vacías.

 

Las aguas cálidas reducen el afloramiento de nutrientes provenientes de las profundidades oceánicas.

 

Esta alteración afecta al plancton, base de la cadena alimentaria marina, y provoca la migración de numerosas especies hacia zonas más profundas o hacia aguas más frías.

 

Como consecuencia, miles de familias ven reducidos sus ingresos y enfrentan una creciente incertidumbre económica.

 

IMPACTOS QUE LLEGAN HASTA LA MESA

 

La reducción de la pesca no es únicamente un problema para quienes viven del mar.

 

Especialistas advierten que la disminución de especies comerciales puede afectar la seguridad alimentaria, incrementar el precio de diversos productos pesqueros y generar pérdidas económicas para países que dependen de la actividad marítima.

 

Perú, Ecuador, Chile y varias naciones centroamericanas figuran entre las regiones más vulnerables debido al peso que la pesca representa en sus economías y en la alimentación de millones de personas.

 

PANAMÁ Y LA DIFERENCIA
ENTRE CLIMA Y GEOLOGÍA



 

El reciente sismo de magnitud 7.3 registrado en Panamá recuerda que no todos los desastres naturales tienen relación con el cambio climático.

 

Los terremotos responden a procesos geológicos vinculados al movimiento de las placas tectónicas y no están asociados al fenómeno de El Niño.

 

No obstante, este tipo de eventos pone de relieve una realidad preocupante: América Latina enfrenta de manera simultánea amenazas climáticas, ambientales y geológicas.

 

La combinación de riesgos obliga a fortalecer sistemas de protección civil, infraestructura resiliente y políticas públicas capaces de responder a múltiples emergencias.

 

LA ONU LO ADVIRTIÓ DURANTE DÉCADAS

 

La situación actual no tomó por sorpresa a la comunidad científica.

 

Desde finales del siglo XX, la Organización de las Naciones Unidas (ONU), a través del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), ha emitido informes alertando sobre las consecuencias del calentamiento global.

 

Estos estudios han advertido de manera reiterada que el aumento de la temperatura del planeta provocaría fenómenos meteorológicos más intensos, pérdida de biodiversidad, incremento del nivel del mar, alteraciones en los ecosistemas marinos y eventos extremos cada vez más frecuentes.

 

En 2021, el secretario general de la ONU, António Guterres, calificó la situación climática mundial como un "código rojo para la humanidad", advirtiendo que la dependencia de los combustibles fósiles estaba acercando al planeta a puntos de no retorno.

 

Recientemente volvió a reiterarlo y urgió a que se apliquen políticas públicas que salven al mundo, que lo destruyan.

 

Las recomendaciones han sido constantes: reducir emisiones, proteger bosques, frenar la deforestación, impulsar energías limpias y fortalecer medidas de adaptación climática.

 

Pero en muchos casos, las decisiones políticas no han seguido el mismo ritmo que las advertencias científicas, por corrupción y ambición.

 

POLÍTICAS FALLIDAS Y
CORRUPCIÓN AMBIENTAL

La crisis climática no es únicamente una consecuencia de procesos naturales.

 

En numerosos países, gobiernos de distintos niveles han permitido durante años cambios de uso de suelo en zonas forestales, desarrollos inmobiliarios en áreas de riesgo, destrucción de humedales, tala ilegal y proyectos extractivos con escasa supervisión ambiental.

 

A ello se suman casos documentados de corrupción vinculados con permisos ambientales, explotación irregular de recursos naturales y falta de aplicación de las leyes de protección ecológica.

 

Las consecuencias suelen hacerse visibles décadas después, cuando una tormenta provoca inundaciones donde antes existían manglares o cuando un deslave ocurre en una ladera anteriormente cubierta por vegetación.

 

La naturaleza no olvida los ecosistemas que fueron destruidos.

 

EL COSTO DE UN MODELO
BASADO EN COMBUSTIBLES FÓSILES

La comunidad científica identifica como principales causas del calentamiento global la quema de carbón, petróleo y gas natural, la deforestación, ciertas prácticas agrícolas y ganaderas intensivas y procesos industriales altamente contaminantes.

 

Durante más de un siglo, este modelo impulsó el crecimiento económico mundial, pero también elevó las concentraciones de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero a niveles sin precedentes.

 

Si bien los ciudadanos también participan a través de sus patrones de consumo, los expertos coinciden en que la mayor responsabilidad histórica recae en los sistemas energéticos e industriales que sustentaron el desarrollo global.

 

EL GRAN DESAFÍO DEL SIGLO XXI

 

La comunidad científica considera que el cambio climático se ha convertido en un multiplicador de riesgos.

 

Las lluvias son más intensas. Las sequías duran más tiempo. Los incendios forestales son más frecuentes. Los océanos almacenan más calor y los fenómenos meteorológicos tienen un mayor potencial destructivo.

 

Los aluviones en Chile, las inundaciones asociadas a huracanes en México y Estados Unidos y la crisis pesquera que afecta a comunidades costeras son distintas manifestaciones de un mismo desafío.

 

El Niño seguirá siendo un fenómeno natural del sistema climático terrestre. Lo que ha cambiado es el contexto en el que ocurre.

 

La ciencia advirtió durante décadas los riesgos de alterar el equilibrio ambiental del planeta.


La ONU emitió informes, alertas y recomendaciones.

 

Sin embargo, las decisiones políticas, económicas y empresariales no siempre estuvieron a la altura de esas advertencias.

 

Hoy, los efectos son visibles.

 

La cuestión ya no es si llegarán nuevos eventos extremos, sino si la humanidad será capaz de corregir el rumbo antes de que las advertencias científicas se conviertan en catástrofes cada vez más difíciles de contener, hasta que sea imposible frenarlas.

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